El casamiento de Antonella Siracusa

Minutos antes de contraer matrimonio, a Antonella Siracusa se le vino a la mente un momento muy específico de su infancia. No sabía si era el olor a lavanda de la túnica consagrada del padre González, o el chismorreo que venía de las primeras bancas de la iglesia, lo que le hizo pensar en el patio de su abuela Salma. Vestida de blanco, con un elegante tejido que le cubría el apretado corsé, recordó hambrienta los deditos de olaya que su tata solía prepararle por las mañanas, luego de que el trinar de los pájaros y el sonido abrupto de la risotada de Fernán de Heredia, el encargado del correo, la despertaran de sus sueños en que era emperatriz y dominaba al mundo entero.

Quizás era algún efecto secundario del ayuno obligatorio al que había tenido que someterse para encajar en ese vestido, costura heredada de su otra abuela, Fiora de Siracusa, lo que le había hecho fantasear con los deditos de olaya; en aquella masa de harina alargada rellena de queso mozzarella que su familia italiana les enviaba religiosamente todos los meses desde Nápoles. 

El de esa ocasión era un vestido hermoso, envidiado por las solteras jóvenes, por las viejas solteronas y por las aburridas del matrimonio. Tan bonito era, con sus costuras perfectas y su tela suave, que a muchas se les ocurrió casarse nuevamente. Meses atrás, cuando Antonella Siracusa se lo probó por vez primera, cuenta el padre González que tuvo que cerrar el despacho cural por varios días, ya que las solicitudes de divorcio, las confesiones y las inscripciones matrimoniales habían sobrepasado la capacidad administrativa -y de asombro- del veterano sacerdote.

Aún con toda la logística del caso y con lo reservadas que fueron las invitaciones, la iglesia de San José no daba abasto para lo que auguraba ser la boda de la década. Desde la procesión de Semana Santa, cuando vino el mismísimo presidente a rendir penitencia con los más ricos y pobres, no se veía una muchedumbre tan ansiosa y a la expectativa como esa tarde. Afuera del templo los mùsicos armonizaban la espera con vallenatos y baladas, mientras que los vendedores ambulantes, que se habían acercado a ofrecer sus pinchos de carnes extrañas y limonadas con agua de caño, se peleaban por una clientela cada vez màs hambrienta y desesperada por el calor que les caía a llamaradas desde el cielo.

La iglesia de San José era un templo despampanante, imponente y majestuoso. Como toda gran metrópolis sudamericana, Barranquilla -que aspiraba a serlo- no podía quedarse atrás en su demostración de arquitectura religiosa. Para muchos no importaba si los feligreses se confesaban, o si iban a misa, sino el tamaño del templo, que era el mayor diezmo que se podía entregar en honor a Cristo.

San José, con su estilo románico, muy clásico, coronado por los dos torreones con campanario que destacan de la estructura principal, era un deleite para todos los transeúntes del sector. En las primeras fotografías aéreas que se hicieron de Barranquilla sus imponentes columnas de piedra blanca brillaban casi que a color; eran los baluartes que sostenían no solo la cúpula del lujoso templo, sino también el peso moral de una ciudad que pecaba y rezaba en la misma medida.

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Con la llegada de más invitados, entre los que se encontraban los más célebres personajes de la ciudad, Antonella recordó también las discusiones acaloradas que surgían a la hora de escoger el mejor queso para hacer los deditos de olaya. Su abuela Salma, turca de pura cepa, criada a punta de kebab y tahine, y su padre, más italiano que una postal en el Coliseo, no lograban ponerse de acuerdo entre si el mozarella o el costeño, un queso agrio, salado y de muy poca aceptación entre los amantes de la alta culinaria, era el mejor relleno para el manjar con el que la pequeña Antonella se deleitaba todas las mañanas.

A veces cuando Enzo, su hermano mayor, volvía de los cafetales que administraba en Pereira, Antonella solía acompañar los deditos de olaya con café y pan, que su abuela Salma compraba sin falta a Carlos Franco, un anciano calvo y amargado, cojo de una pata, que vendía las mejores piñitas del centro de Barranquilla. Así, combinando el salado con el dulce, la pequeña Antonella aprendió -sin saberlo- uno de los principios básicos de la culinaria, y de la vida, uno que asumió con dignidad el día que aceptó a Juan Mendieta como su futuro esposo.

Ante la expectativa de los presentes, aglomerados en las bancas de madera importadas también desde Italia, Antonella no tenía mayor respuesta que su sonrisa, aquella sutil curva brillante que se asomaba entre lo rojizo de sus mejillas. La novia los observaba a todos desde la pequeña habitación cural, escondida como una bóveda del tesoro detrás del altar, y saludaba de lejos a los intrépidos que -ansiosos por divulgar su aspecto al resto de invitados- se estiraban como paparazzis, aún si esto les costaba la perfección de sus costuras, o si revelaba los rotos de sus medias al inclinarse raudos de obtener así fuera un poco de visión de la prometida.

Dentro de aquel cuarto, atiborrado de rostros ficticios de Jesús de Nazareth, que observaba a Antonella con sus ojos azules y su cabello lacio que le caía hasta los hombros, la abuela Salma le preguntaba al padre González cuánto más había que esperar. Fiora de Siracusa, que había llegado desde Nápoles hacía tres meses para ponerse al frente de todos los detalles de la boda, seguía impartiendo órdenes a sus hijas, las tres hermanas solteronas de su padre, para que todo en la iglesia luciera impecable, pues -por segunda vez en quién sabe cuántos años- una mujer Siracusa iba a contraer matrimonio.

Entre el alboroto y el cuchicheo que tenían cada vez más tensa a Antonella, Gloria Sahín, su madre, permanecía impoluta en una esquina, sentada con la espalda recta y con las manos sobre las rodillas. Su aspecto, regio y elegante, no hacía más que transmitirle inseguridad y angustia, pues solo faltaba una palabra de su señora madre para que toda la boda, en la que Marco Siracusa, su padre, había invertido todas las ganancias de sus millares de hectáreas en el Magdalena, se cancelara.

Gloria Sahín había nacido en Barranquilla, ciudad a la que llegó la abuela Salma huyendo de la guerra en Europa. Para la vieja turca, aquel centro urbano de calles arenosas había significado un nuevo comienzo. Tal y como se lo recomendó su marido, Cëngiz Sahín, que murió de tuberculosis antes de subirse al barco que lo trajera al nuevo mundo, la mujer hizo dos inversiones que le valieron para ganarse un nombre entre la élite barranquillera, una mezcla de europeos y árabes que se reunían todas las mañanas a tomar té y jugar tenis en el recién inaugurado Club de la Costa.

Con los lingotes de oro que trajo en un pequeño cofre, atesorado entre sus piernas durante los 58 días que duró el viaje en barco, que le dejó magulladuras y heridas en zonas que más nadie sino su difunto esposo podría haber sanado y acariciado, Salma Sahín se compró una casa de tres habitaciones, cuatro baños y dos patios en el barrio El Prado, el más exclusivo de Barranquilla, y un pequeño local a solo dos cuadras del caño de la Ahuyama, en el centro de la ciudad, donde desembarcaban los buques que no atracaban en Puerto Colombia, el centro portuario más importante de ese país en desarrollo que era Colombia.

Tales inversiones y su sorprendente dominio del español, que aprendió en casa gracias a los libros que su padre le había comprado a un navegante ibérico itinerante, le valieron para que los miembros del recién inaugurado Club de la Costa le pidieran afiliarse. William Wënder, un alemán que ejercía como director del club, había quedado maravillado no solo con sus ojos café, que su nieta Antonella heredaría, sino también con su billetera, pues se rumoraba que la viuda turca conservaba todavía varios lingotes por si la guerra llegaba hasta Colombia.

A pesar del interés de muchos adinerados y célebres caballeros barranquilleros, Salma Sahín nunca entregó su flor a más nadie que no fuera su difunto esposo, aún en tiempos de desespero, cuando la soledad y la tristeza le encendían los fuegos de la lujuria y el descontrol. En cambio se dedicó a sus hijos, Gloria y Tarkan, a su educación y a conseguirles un buen matrimonio, que asegurara no solo la permanencia de su linaje en un país tan lejano a su natal Turquía, sino también el buen nombre de su familia y los lingotes que -con el pasar de los años- se transformaron en los billetes de una jugosa herencia.

Tarkan estaba en la puerta, cual guardaespaldas de una celebridad del tan popular Hollywood, famoso en este rincón del planeta por sus cintas de vaqueros y de persecuciones policíacas. Su espalda ancha, su nariz fileña y su cabello negro azabache, salteado de cortas y escasas canas, enloquecían a la mitad de las solteras adineradas de la ciudad, que no era más que una remezcla de barrios entre medio finos y pobres, poblados en su mayoría por extranjeros, invasores, hombres de negocios y migrantes de otras zonas del país. Tarkan, el soltero de oro, el semental más deseado, era una de las preocupaciones de Salma, que veía cómo su hijo ya entraba a su cuarta década sin haber tanteado de cerca las puertas del matrimonio, portones que estaban a minutos de abrirse ante su adorada nieta.

De su otra hija, Gloria, que le había traído a la hermosa Antonella a la tierra, la vieja Salma solía decir que fue una sonsa al abrirle las piernas a un italiano de medio pelo, que la sedujo no solo con su palabrerío innecesario y su supuesta elegancia, sino también con el sueño de una fortuna invertida en tierra de nadie, el Magdalena, un lugar de mala muerte lleno de fango, mosquitos y comida salada, como el queso del que tanto profesa su yerno. 

Los negocios de Marco Siracusa, plenamente agropecuarios, nunca le interesaron a Salma, que aceptó la unión solamente cuando los vientos le dijeron que el bebé que ya reposaba en el vientre de su hija Gloria era una niña, y que esta iba a ser la más hermosa de toda Barranquilla. Si algo daba por sentado la vieja turca era que los vientos no se equivocaban, y cuando vio a la pequeña Antonella salir como una masa enrojecida con ojos, nariz y boca, supo que tenían razón, pues su nieta era -efectivamente- la criatura más hermosa que sus ojos café hubieran visto antes.

Antonella creció entonces entre las comodidades y los caprichos de su abuela Salma y los desayunos salados, los almuerzos calurosos y las noches estrelladas en la finca de su padre en Remolino, Magdalena, un caserío de no más de 300 personas con apenas agua potable, que llegaba en tanques a lomo de mula, una plaza con una diminuta iglesia y un colegio solo para varones. Como era costumbre, y también acorde a la disponibilidad de tiempo de su padre, Antonella vivía entre semana con las matriarcas, su madre y su abuela, en la casona de El Prado, y los sábados se iba con su padre, con quien era feliz caminando descalza sobre la hierba y ordeñando las vacas con las manos sucias de tierra.

Cada quince días, como se lo había jurado Marco Siracusa al padre González cuando este ofició el matrimonio entre el italiano y Gloria, el marido llegaba con sus botas llenas de tierra, las camisas medio rotas y el sombrero vueltiao’ curtido y húmedo al portal de la casona de El Prado, en donde -casi que obligada y por cumplir sus deberes de suegra ejemplar- la vieja Salma lo atendía como rey, a sabiendas que, por las noches, el mismo hombre que ella alimentaba se comía a su hija en la cama matrimonial.

Marco, mientras los demás discutían ansiosos, estaba recostado contra la pared, a unos pocos metros de donde hacía guardia el fornido Tarkán. Era un tipo flacucho, con barba tupida, y ojos pequeños. A diferencia de la mirada seductora de las Sahín, el aire de Marco era más misterioso, casi completamente reservado, que intimidaba en cierta medida. A diferencia de su cuñado, al italiano el traje le quedaba un poco grande y se había olvidado de encerar los zapatos.  

Viéndolos así, tan diferentes y en roles tan opuestos, Gloria Sahín se cuestionó, por vez quinta en la última hora, las decisiones que la habían llevado hasta ese momento. Su madre, que siempre le había recriminado el haber echado a perder la genética perfecta de su familia turca, nunca entendería el por qué ella decidió casarse con Marco, un tipo sencillo, con ideales y que -espera- multiplicará su fortuna. Ahí donde lo ves -se dijo Gloria para dentro de sí- Marco es un tipo serio, aplicado y muy buen trabajador. Entre sus ojos verde-grisáceo y sus brazos flacos también hay un tipo atractivo, solo que no del tipo con el que a mamá le habría gustado me casara.

En medio de la algarabía que ya se formaba dentro de la pequeña habitación cural, el padre González, en contra de su naturaleza mansa y tranquila, levantó la voz para pedir la palabra, pues le preocupaba que -con los 20 minutos de retraso que llevaba la boda, los invitados pudieran amotinarse dentro de la casa del señor. Las Sahín, furiosas, aliadas por primera vez con la abuela italiana, Fiora de Siracusa, se abalanzaron con un mar de preguntas ante la desesperada Antonella, a quien ya se le habían acabado las excusas para su ausente prometido, el codiciado y multimillonario Juan Mendieta.

Juan y Antonella se conocieron en una mañana calurosa típica de Barranquilla, con el sol ardiente sobre sus cabezas y el ruido ensordecedor de los vendedores ambulantes en lo más profundo de sus oídos. Mendieta había ido al centro, una especie de mercado persa, desordenado y atiborrado de descuentos y ofertas, a buscar unas bolas de tenis que solo un vendedor británico tenía a la venta. Esa tarde tenía un partido de dobles, que jugaría junto a su gran compadre, el alemán Hans Rummel, quien le había pedido específicamente que, al ser su cumpleaños, su amigo tenía que complacerlo con ese capricho en particular. 

En automóvil, uno de los pocos vehículos motorizados que recorrían las calles polvorientas de Barranquilla, Mendieta se acercó lo más que pudo al atiborrado centro, estacionó en las cercanías del Paseo Bolívar, al que recordaba como el sitio en que su padre tomaba té en la terraza del Edificio Palma, y se dispuso a caminar bajo el sol protegido por su fedora. Iba vestido de vinotinto, que lucía en una camisa de lino, y llevaba un pantalón beige.

Juan Mendieta, un popular bueno para nada, galán e inocente, no tardó en perderse entre las callejuelas del centro, transcurrido por comerciantes malolientes que se abalanzaron sobre él como depredadores en búsqueda de sus incontables billetes. Entre excusas, empujones y resbalones, el joven terminó con la camisa desgarrada, la fedora extraviada y la billetera vacía. A unos pocos metros, en lo que pareció la primera persona de bien en quién sabe cuántos kilómetros a la redonda, Mendieta vislumbró a un tipo delgado, bien vestido y de barba tupida, que comerciaba unas bolsas de queso y leche con un otro sujeto que se le hizo conocido.

Al acercarse, más harapiento que de costumbre, Juan Mendieta se puso nervioso a la hora de presentarse ante estos dos personajes, que discutían acaloradamente, al parecer, por la deuda que el tipo delgado, del que pudo percibir un aura de misterio, había contraído con el personaje que conocía de algún otro momento. 

-Juan Mendieta, ¿es usted? -le preguntó el acreedor de la supuesta deuda. ¿Qué hace usted aquí, señor?

-Vine por unas bolas de tenis… pero eso no importa. Yo te conozco de algún lado, ¿eres socio del Club por casualidad?

-No socio propiamente, trabajo como mesero. Los he atendido a usted y a su padre en varias ocasiones-. El hombre parecía no creerse de verlo en esas circunstancias. -¿Está usted bien, señor?

-Sí.. sí…, estoy bien -dijo el joven galán restándole importancia a la situación-. ¿Y tú? ¿Este tipo no te quiere pagar?

Marco Siracusa, alterado por toda la situación, decidió calmarse al ver una posible oportunidad de negocio. Apelando a su encanto italiano y a su palabrería que le había conseguido todo en esta vida, encaró al joven que tenía enfrente con toda la decencia de la que un tipo como él era capaz. 

-¿Tienes algún problema conmigo, jovencito?

-No, no señor -le dijo Juan Mendieta nervioso- solo necesito ayuda, para salir de aquí.

-Ah -Marco le sonrió ampliamente- estás hablando con la persona correcta. Acompáñame, te llevaré al Paseo Bolívar, ¿desde ahí te ubicas?

-Sí, sí señor, es usted muy amable.

-Vale, pero primero me acompañas a buscar a mi hija que se está midiendo unos vestidos, ¿ok?

-Si claro, no hay problema, ¿y su nombre es?

-Mi nombre es Marco Siracusa -dijo orgulloso el italiano-me place conocerlo. Juan Mendieta, es usted famoso en la ciudad. Venga, estará encantado de conocer a mi hija.

Acalorada, sumida en un carrusel de emociones por la impuntualidad de su prometido y por el acoso constante de su familia, Antonella Siracusa sintió desmayarse, como esa vez que nadó por primera vez en la piscina del hotel El Prado, el más lujoso no solo de Barranquilla, cuya alta sociedad se reunía en él todos los fines de semana para cotillear y darse un chapuzón en la alberca, sino también en toda Colombia, un país que más allá de las prósperas ciudades costeras no era más que montañas y caseríos dispersos en medio de la cordillera.

Antonella apenas tenía ocho años, con sus trencitas color caramelo colgándole de los hombros, cuando su madre, Gloria, su abuela Salma y su hermano Enzo la llevaron por primera vez a darse un chapuzón. Eran centenares las historias de aventuras que había escuchado en el comedor de la casa, mientras se almorzaba quibbe crudo con aceite de oliva, que contaban los amigos de Enzo, que para esa época era un adolescente lleno de hormonas y amores fugaces. 

Para ellos, bañarse en la piscina de El Prado era el mejor plan de la época, pues allí también iban a refrescarse -y a conocer futuros maridos- las hijas de las familias más prestantes y acaudaladas de la creciente ciudad. Niñas blancas, rubias, con apellidos más imponentes que sus pocos años, se bañaban en vestidos de baño enterizos junto a sus padres y hermanos, que bebían güisqui y fumaban habanos sin preocuparse por el humo ni el olor. 

Aquella mañana, cuando Antonella se sumergió de un salto en los más de dos metros de profundidad de la piscina de adultos, nadie se acordó -nisiquiera ella- que nunca le habían enseñado a nadar. Para ella, una joven brillante y más autodidacta que otra cosa, pues las monjas del colegio femenino no le enseñaban gran cosa, saber nadar era como aprender a comer, algo que venía inherente al ser humano. Apenas unos segundos dentro del agua fría le bastaron para darse cuenta de lo mortíferas que resultaban sus acciones, aún peor cuando se enteró que dentro de la piscina, al tener la garganta llena de líquido, no podía vociferar palabra, mucho menos gritar para pedir ayuda.

Así que pataleó y agitó los brazos en muestra de terror, del pánico más profundo, pues Antonella sentía que era muy joven para morir; y que si iba a hacerlo, la piscina de El Prado era el peor lugar para abandonar el reino de los vivos. 

La sensación de ahogo, de impotencia y terror la asaltarían muchos años después sentada como una estatua renacentista en la sala cural de la iglesia de San José. Rodeada por los gritos de su abuela y de su mamá, ya ofendidas hasta la médula por el retraso del joven Juan Mendieta, Antonella sintió morirse nuevamente, pero esta vez no le importaba ni el sitio ni el momento, pues no había mayor vergüenza que haber sido plantada en el altar.

De repente sintió como los tejidos del vestido la ahogaban como serpientes, y como el manto transparente que debía cubrirle el rostro ante la llegada de Juan Mendieta se llenaba de lágrimas. No había mayor dolor que pudiera compararse con el agujero negro que le absorbía todos los recuerdos felices que había vivido en su corta vida, una existencia pura, llena de amor y buena comida.

Cuando la pestañina empezó a escurrirse sobre su escote, al tiempo que se soltaba los tacones para evitar que le siguieran quemando los tobillos, el sonido de trompetas, redoblantes y trombones la levantó del letargo de sufrimiento y angustia. Una algarabía como de carnaval se extendió como una llamarada por toda la iglesia, cuyos asistentes se habían puesto en pie para recibir -entre aplausos- al grupo de músicos que anunciaban la llegada del novio.

De un salto, Antonella se acomodó el vestido y se asomó por la pequeña ventana trasera de la sala cural, en la que ya estaban instaladas su madre y sus dos abuelas. Afuera, vestido todo de blanco, como un malvavisco fresco y listo para entrar al fuego, Juan Mendieta se bajaba de un automóvil rojo, descapotado, acompañado de su madre y dos de sus amigotes del Club de la Costa.

Con una mano en la espalda y otra ajustándose el cabello, Juan Mendieta entró como una celebridad a la iglesia, la cual lo recibió con los portones de madera abiertos de par en par. Todos los presentes, incluidos los vendedores ambulantes del exterior, lo aplaudieron como si hubiera llegado el mismísimo presidente. El soltero de oro, el joven más codiciado de la pequeña ciudad, iba a contraer matrimonio con la adorada Antonella, cuyo vestido de novia iba a pasar a la historia como el más bello en ser consagrado en ese imponente templo. 

Entrado Juan Mendieta en la iglesia, engalanada con las mejores cortinas y manteles por la ocasión, los ojos se posaron sobre el altar, en donde -por estar escondida y evitar la vergüenza- no estaban ni Antonella ni su familia. El novio, asombrado, miró a todos lados en búsqueda de su hermosa prometida.

Antonella, en medio del desorden y el susto, dio un salto para acomodarse de un solo los tacones, que ya estaban tirados sobre la alfombra roja de la sala cural. Muy pocas milésimas de segundo le bastaron a todos para darse cuenta de que -aún con la llegada del novio- no estaban en sus posiciones para el matrimonio. Su padre, que no había pronunciado palabra, puso el grito en el cielo. La prometida, llorosa y ya desordenada, salió corriendo detrás del sacerdote y de su familia. 

La boda iba a comenzar. 

Chaly, el heladero

Chaly el heladero camina por las calles polvorientas con un paso suave y despreocupado. Hace 26 años que lleva en su mano izquierda la misma campana que anuncia su llegada. A pesar de que no haya niños que lo persigan, sale todas las mañanas a continuar una tradición; un legado. Su colorido carrito de madera no es solo su sustento, sino el último vestigio de una ilusión que se resiste a ser olvidada.

Su nombre es australiano, pero vive en Salamina, Magdalena. Un municipio ribereño de no más de 6.000 habitantes. Como él, unos pocos heladeros aún conservan en el frío de sus congeladores artesanales una tradición que llegó al Caribe colombiano en los años 20. La receta es a base de harina de trigo y azúcar. Simple, económico y refrescante. Un helado centenario que es un oasis en medio de las altas temperaturas de la zona.

Así como el helado, el congelador es obra del mismo Chaly. El exterior es de aluminio y por dentro es pura madera para conservar la temperatura. Su carrito es sencillo y va pintado de amarillo, azul y rojo. Una nave colombo-australiana que aterrizó en Salamina hace más de un cuarto de siglo con el único objetivo de regalar sonrisas.

Los conos llegan desde Barranquilla. Intrépidos, como Chaly el heladero, cruzan el río Magdalena para posarse bajo la sombrilla del carrito. Cada bola de helado rojo y blanco cae sobre la galleta blanda y poco crujiente. La fusión sabe a pueblo; a humildad. Cada mordisco transporta; cada gota que cae sobre el asfalto caliente es un recuerdo de una infancia libre y sin preocupaciones.

Un artista que se viste de bluyín y camiseta. Un caballero del helado que defiende su tradición con trabajo y dedicación. No hace una fortuna, pero vive mejor que muchos. El peso de más de cien años de sabor recae sobre su sonrisa. No se queja, no se lamenta. Chaly es heladero y su producto es más que una receta antigua, es una expresión de arte.

Chaly no necesita un local, ni un carrito con una mejor campana. Su sueño es dejar un legado, que el helado de harina de trigo no muera. Como él, decenas de miles de individuos viven olvidados en el Magdalena. Salamina es apenas uno de los pueblos que aún sobreviven a pesar de la corrupción y la extrema pobreza.

Tanta cultura y tantos sueños olvidados que yacen en las carreteras destapadas del departamento. Cuantas historias como la de Chaly que se pierden con el pasar del tiempo. No todas dulces como el helado, algunas acabadas por la violencia y las armas. Tradiciones y anécdotas arraigadas a la tierra, al calor inmenso de nuestro Caribe.

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Chaly, el heladero, junto a su nave colombo-australiana en Salamina, Magdalena.

 

Conocer a dios

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Había pasado más de una hora y media desde que me senté a esperar en este enorme sillón de cuero. La temperatura, importada en piedras volcánicas desde el mismísimo infierno, hizo que me desabrochara varios botones de mi camisa de cuadros azules. El impasible tic-tac del reloj de oro de la pared marcaba el compás de la angustia y la desesperación.

Sentí un punzón de cansancio en la espalda cuando me incliné a observar los pequeños relieves de la alfombra de tejido hindú en donde reposaban mis botas. La luz amarilla de las lámparas se reflejó en el espejo que me enseñó el enojo de mi propia mirada. Odiaba esperar. No me importaba si se trataba del mismísimo dios.

Llegué al lugar, una antigua mansión a las afueras de Los Ángeles, justo después de que su agente me llamara esta mañana. Tenía ojeras y la fragancia del perfume barato que compré en una venta de garaje no cubría del todo el olor a alcohol que me brotaba de los poros. Me recogí el cabello con una moña roja que encontré en uno de los bolsillos de mis vaqueros desgastados. La cabellera, rubia y desarreglada, caía sobre mis hombros.

En el espejo observé atento a mi propia versión de los últimos meses. Dos años atrás, cuando abandoné ese pequeño pueblo en búsqueda de alcanzar mi sueño, nunca imaginé que iba a lucir así. Entre arpegios, botellas de güisqui, solos de guitarra y cigarrillos he recorrido gran parte del país. Ahora, a la espera del momento que podía cambiar mi vida mediocre, estaba nervioso. Completamente asustado ante la posibilidad de no ser tan bueno.

La religión conservadora de mis padres siempre vio con malos ojos que quisiera ser una estrella de rock. Una noche, cuando quemaron mis posters de Led Zeppelin y los Stones, decidí huir. Las tardes de guitarra acústica en la iglesia afinaron mi oído y dotaron de velocidad a mis dedos. Luego, los riff de rock duro y las improvisaciones arriesgadas sobre el diapasón me catapultaron hasta acá.

Cada presentación en bares de mala muerte me dio una pequeña moneda que acumulé como el niño que va todos los días a los juegos de feria. Las noches en vela sobre aquel colchón cual nido de pulgas me llenaron de la convicción necesaria. Aquí, sentado sobre este lujoso sofá de cuero negro, estaba más cerca de la divinidad que cualquier otro ángel. Al final del pasillo, las puertas del cielo se abrieron y una joven salió a mi encuentro.

La canción que llegaba desde la habitación no sonaba como un coro angelical sino más bien como una melodía oscura llena de desenfreno y lujuria. El olor a humo y vodka me abrazó con todo el amor que nunca me habían dado en casa. La mujer, despeinada y notablemente ebria, me saludó con un gesto extraño.

—Tú debes ser Mark. —dedujo sin mucho interés. —¿Estás listo para conocer a Slash?

Hermes en el mar

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Salí disparado en el mismo instante en que escuché mi nombre ser pronunciado en lo más alto del templo. El edificio, una oda al poder divino, estaba esculpido en un lujoso mármol que brillaba más que mil lingotes de oro. Una línea de columnas dóricas sostenía la majestuosidad del techo rectangular y las figuras de pequeños rayos tallados sobre la piedra relucían bajo los primeros rayos de sol.

Intenté recordar cada uno de mis errores en las últimas horas mientras corría escaleras arriba a toda velocidad. ¿El biberón para el pequeño Hércules? Listo. ¿Los últimos rayos enviados por Hefestos? A tiempo. ¿La corona de laurel? Brillante y con las hojas justas.    ¿Qué podría ser? Me pregunté con el temor que solo esa voz enfurecida podría infundirme.

Trofeos brillantes rodeados por una hermosa aura gloriosa estaban ubicados a lo largo del gran salón. Las paredes, cubiertas por monumentales murales de colores vivos, lucían imponentes y fuertes. Entre las armas que colgaban en las enormes estanterías había lanzas y espadas doradas, arcos de madera oscura y escudos con diversos y exóticos motivos plasmados.

La suela de una de mis sandalias resbaló en el último escalón justo antes de entrar a la habitación principal. Mi cuerpo se arqueó hacia atrás y comencé a caer en picada. Preparado para el dolor, me agarré la cabeza con las manos. Cerré los ojos y esperé unos pocos segundos. No hubo impacto.

Mi cuerpo, flotando como si volara, estaba sumido en una especie de transe lento y pasivo.  Las burbujas, invisibles la mayoría del tiempo, surgieron desde lo más profundo del suelo. La carcajada que llegó desde más arriba me arrastró fuera del pequeño letargo en el que me encontraba. Zeus, el más poderoso de los Dioses, estaba en la puerta de su habitación riendo como un niño pequeño.

Su melena era blanca e impecable. Una túnica color zafiro le cubría gran parte del cuerpo y sus brazos, fornidos y delicados, estaban cerrados en torno a su pecho. Hacía mucho tiempo que no le escuchaba reír de esa manera. Sus ojos lucían cansados y las oscuras ojeras que le caían desde los párpados resaltaban como el primer día de otoño luego de un largo verano.

Con su mano derecha me invitó a pasar mientras se daba la vuelta y entraba en la habitación. Sentado en su trono de marfil tallado se veía aún más imponente. Los peces, pequeñas bailarinas anaranjadas, danzaban encima de su corona en una preciosa coreografía. Las medusas, de un rosado brillante como las flores más bellas, se movían con delicadeza junto a sus piernas.

—Hermes, veo que aún no te acostumbras a nuestra nueva ubicación —exclamó mientras ahogaba su carcajada—. A que extrañas el cielo más que yo, estoy seguro.

—Oh, mi señor —respondí jadeando—. No entiendo como su hermano pudo vivir aquí tanto tiempo.

—Volveremos, mi viejo amigo. Sí que lo haremos. —Me dijo mientras cerraba su puño con fuerza—. Cuando aprenda a usar mis rayos bajo el mar sin rostizar a todos los seres vivos a la redonda.

—Ugh, señor —resoplé—. Creo que tendré que resbalarme en las escaleras al menos un millón de veces más para que eso pase.

 

 

El monstruo bajo de mi cama

La oscuridad de aquella noche sin luna se cernía sobre toda la ciudad. A pesar de las luces cegadoras de los helicópteros de búsqueda, los pequeños oasis de penumbra me permitieron mantenerme oculto. El aullido de las sirenas se escuchaba a lo lejos cuando me recosté sobre una fría pared de ladrillos. Ahí, escondido como una bestia, me refugié bajo el toldo de la puerta de un edificio abandonado. Hace varios meses que pasaba las noches en una pequeña habitación en el segundo piso.

Desde que estalló la guerra los humanos no nos han querido cerca. Monstruos, nos llamaron luego de expulsarnos de nuestros hogares. Los más adinerados o poderosos huyeron con días de antelación. Nosotros, los vampiros alejados de toda la crisis política que envuelve al mundo, pagamos las consecuencias de sus extrañas ambiciones.

Taxistas, choferes y hasta guardias de seguridad. La vida nocturna no tenía vacantes para trabajos de oficina ni espacio para los grandes sueños. Drogas, prostitución y discotecas se convirtieron en la perdición de muchos de mi especie que llegaron a Berlín en búsqueda de un nuevo comienzo.

Los humanos conquistaron Bulgaria hace más de 200 años. Ahora, alejados de todo el prestigio y poder que acumulamos en nuestro reino, poblamos sus ciudades viviendo de sus desechos. Todo transcurrió en una falsa paz durante años. Cuando cayeron las primeras bombas sobre Medio Oriente, decidieron acabar finalmente con nosotros.

Golpeé con delicadeza el ventanal de bordes oxidados que cubría la entrada. Por inercia, me acomodé el gabán negro que me cubría hasta más debajo de la cintura y aflojé un poco la bufanda carmesí que me colgaba del cuello. El sonido de unos pasos cautelosos interrumpió el barullo de los vehículos militares que recorrían alguna de las calles de la zona.

Pasaron varios segundos de un silencio estremecedor. El guardia, que normalmente abría la puerta al instante, no respondió a ninguno de mis cautelosos llamados. Un grito de auxilio vino desde el pasillo. Volví a llamar a la puerta, esta vez con más fuerza. Nadie abrió.

Maldije. Solo un tonto gritaría en medio de la noche. No faltaría mucho para que la zona estuviera rodeada de policías. Tenía que tomar una decisión y no me lo pensé demasiado. El crujir de la ventaja inundó el silencio del pasillo cuando atravesé el vidrio con mis nudillos. La escena que se presentó ante mis ojos era de lo más desgarradora.

Unos diez vampiros estaban amarrados a los barrotes de las escaleras. El brillo plateado de las esposas hizo que los ojos me ardieran. Sus manos, unidas en torno a semejante barbarie, se veían negras por las quemaduras. El olor a cenizas me recorrió todo el cuerpo.

Corrí escaleras arriba hacia mi habitación. Las paredes estaban cubiertas de manchas negras y huecos de bala. Las luces titilaban y aún se escuchaban disparos desde los pisos de más arriba. Los cascos de la munición de plata cubrían toda la alfombra rojiza del suelo y resbalé con el cadáver de uno de los soldados que yacían recostados sobre las paredes.

La puerta de mi habitación estaba completamente destruida cuando entré a hurtadillas en ella. La felpa de los colchones se mezclaba con la ceniza en medio de su caída desde el techo. En el nivel más bajo del camarote yacía el cuerpo de mi compañero de recámara. Las negras quemaduras le cubrían todo el pecho y su mano derecha colgaba de unas esposas amarradas al borde de la cama. Hacía dos semanas que había llegado desde Viena a buscar a su padre. Aquella noche los acribillaron a ambos.

Agarré con prisa unas cuantas camisas y las eché en una pequeña maleta de cuero. La hoja opaca de mi cuchillo de hierro no reflejó luz alguna cuando lo empuñé al mismo tiempo que salía de la habitación. A oscuras, di unos cuantos pasos por el pasillo. Si me mantenía en silencio quizás pudiera escapar de aquella zona de purga.

Las suelas de mis botas oscuras se posaron en silencio sobre el suelo mientras emprendía el camino hacia la puerta. Extrañamente, luego de varias ráfagas seguidas, las armas habían dejado de disparar. Había alcanzado el primer escalón cuando las luces de las linternas se estrellaron contra mi espalda.

NO INTENTES NADA, MONSTRUO. —Me gritó una voz gruesa desde el otro lado del pasillo.

 

 

Emoción nocturna

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La luna brillaba en lo más alto cuando Alexander Falke detuvo el deportivo a un lado de la carretera. Su brazo izquierdo estaba apoyado sobre la ventanilla y el humo de un tabaco de pegatinas doradas se perdía entre la espesa neblina. Alguna estrella lejana se reflejó en la manigueta plateada de la puerta cuando esta se movió rápidamente hacia arriba. A pesar del frío, el motor del Mercedes-Benz ardía con fuerza. El vehículo, uno de los coches insignia de la colección familiar, jadeaba como un caballo luego de esprintar durante horas.

En medio de aquel antiguo bosque, entre los altos y frondosos pinos, las luces del Mercedes se apagaron. La última llamarada del lujoso tabaco se convirtió de pronto en una antorcha gigante que se extinguió como las esperanzas de un enamorado en desgracia. El silencio, únicamente interrumpido por el crujir de las ramas, se hizo total cuando el motor del coche finalmente descansó.

Alexander estiró su mano izquierda hasta alcanzar el pequeño botón que reclinó el asiento del conductor. Su cabeza todavía daba vueltas y el ritmo de su respiración seguía siendo elevado. Luego de varios segundos decidió desabrocharse el cinturón y se dejó caer sobre el cuero de la cabecera. Como por instinto, sus dedos buscaron consuelo en el anillo dorado con forma de halcón que brillaba casi invisible sobre el nudillo de su dedo corazón. El reloj del coche indicaba que faltaban tres minutos para las dos de la mañana.

A lo lejos, un sonido agudo interrumpió el extraño y profundo silencio. Alexander abrió los ojos y las luces rojas y azules que se reflejaron en el espejo retrovisor lo aturdieron de repente. Los chillidos de las sirenas y el rugido de los motores se acercaban por el mismo camino por el que él había emprendido la huida hace menos de media hora. Oculto entre la penumbra del bosque pudo ver como cuatro coches de policía se perdían en el horizonte.

Esperó un poco más de un minuto para despertar del letargo a su Mercedes-Benz. Encendió la luz amarillosa de la cabina y contempló su reflejo en el espejo. Su cabello rubio caía desordenado sobre sus hombros y sus mejillas estaban rojizas luego de haber expuesto su delgado rostro a la brisa helada de invierno. Se acomodó el cuello de su chaqueta de cuero y se abrochó el cinturón que hizo un satisfactorio clic. Dos de la mañana.

Con las ventanas arriba y Led Zeppelin en la radio, pisó el acelerador a fondo en dirección contraria a los coches de policía. El Mercedes-Benz negro anduvo unos minutos más por el oscuro camino hasta que llegó a la A8, la autopista que lo llevaría de vuelta al centro de Múnich. El motor del vehículo rugía como una leona en cacería mientras Alexander deslizaba el volante con la delicadeza de un conductor experimentado. Unos minutos más tarde, las luces de los primeros edificios le hicieron saber que estaba a salvo.

Correr autos siempre funcionaba cuando el insomnio lo apartaba de los reinos de Morfeo. Además, no había nada que el ingreso de unos cuantos miles de euros en efectivo no pudiera arreglar. Siempre —y esto lo aprendió desde muy niño— era bueno tener billetes frescos que no dejaran rastro. En un país como Alemania, esa era la única forma de cumplir sus deseos más oscuros; y vaya que Alexander tenía varios. Más de los que cualquiera imaginaría.

La enorme luz roja de un semáforo le bloqueaba el paso cuando la música se vino abajo y el timbre de un teléfono celular invadió las bocinas.

—Justo cuando creía que no ibas a llamar —contestó—.  Después de tanto tiempo creí que al menos ibas a ponérmela más difícil.

—No tendría ningún sentido ganarte, corazón. —una voz femenina recorrió el interior del coche—. Sería muy aburrido que te gane en todo lo que hacemos, ¿no crees?

Una pequeña y sincera carcajada le brotó del pecho —¿Es que acaso tienes ganas de algo más esta noche? —preguntó.

—A lo mejor te sorprendo un poco —respondió aquella voz con lujuria—. Ya sabes dónde encontrarme. ¿O es que después de tantos meses ya se te olvidó?

Suspiró.

—Me encanta que me retes. —colgó—.

La vida antes y después de Londres

Londres es una mujer hermosa e indescriptible, de las más bellas que he conocido en mi vida. De esas que no presumen sus logros, pero te los muestran con total naturaleza. Segura de sí misma y de su experiencia. Capaz de enseñarte y de hacerte sentir como un gran conocedor a la vez. De esas que te toman de la mano y te agarran fuerte. De aquellas que miras una y otra vez y sigues sin creerte capaz de algún día asimilar su belleza tan natural y magnífica.  

Sin intentar catalogarla o encasillarla estéticamente de ninguna forma, Londres es una mezcla de arquitectura victoriana con absoluta modernidad. En sí, la capital del Reino Unido es una completa fusión entre la inmediatez del siglo XXI y todo lo magnifico de los últimos años de nuestra historia.

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Desde los comienzos del periodo medieval, cuando los anglosajones se tomaron el control de Londinium (el nombre otorgado por los romanos a la ciudad) hasta la cúspide comercial del Imperio Británico a finales del siglo XIX y comienzos del XX, Londres se estableció como una de las capitales más importantes del mundo.

Caminar sus calles es perderse en medio de la hermosura de lo conocido. Con tanta influencia de la televisión y el cine es casi imposible llegar a Londres sin una imagen mental. Sus buses rojos de dos niveles, los clásicos taxis negros, el Big-Ben, el Puente de la Torre y la mismísima Trafalgar Square son algunos de sus más grandes lugares comunes que ya hemos visitado.

Pero estar ahí, bajo la lluvia del invierno londinense o a toda velocidad en un vagón del ‘Underground’, cambia la perspectiva completamente. No porque sea diferente a lo que ya hemos visto en tantas pantallas, sino porque cada construcción de esta enorme ciudad de más de nueve millones de habitantes es única. Cada edificio tiene una historia; cada calle tiene algo especial y hasta las estaciones de metro tienen personalidad.

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‘Knightsbridge’ o ‘Earl’s Court’ son algunas de las estaciones que me transportaron a comienzos del siglo XII. El choque entre lo moderno y lo histórico no es abrupto, se siente natural. Londres se puede dar el lujo de hacerte imaginar caballeros, armaduras y espadas al mismo tiempo que recorres sus impecables y veloces líneas de metro.

Su vida cultural es todo teatros, musicales y obras. Sus parques, museos y monumentos son enormes centros de entretenimiento y conocimiento. Cada uno, con su propio significado e historia, es una pieza fundamental del gran rompecabezas de la tradición londinense.

Orgullosamente alejados de Hollywood y su mega industria, los británicos tienen en Londres su propio centro artístico. Su propio cine y obras teatrales. Shakespeare en forma de volantes en el metro, una canción de los Stones en las escaleras de la estación Victoria.

Apartarse de lo ‘mainstream’ de la industria americana y perderse junto a Oasis, Led Zeppelin y Pink Floyd en el pleno corazón del Reino Unido es dejarse llevar por una enorme ola cultural que muchas veces ignoramos. Londres, hoy tan internacional, sigue siendo tan británica como un plato de Fish and Chips. Su personalidad y orgullo siguen intactos. A pesar del paso del tiempo y la globalización intensiva.

Como buen sudaca tercermundista, Londres me dio una enorme cachetada de las maravillas del primer mundo. Lo impecable de sus calles, la puntualidad del transporte y la velocidad de los traslados son dignos de resaltar. La sensación de seguridad casi absoluta es un éxtasis casi comparable con abrazar a la mamá luego de varios años lejos de casa. Subirse al ‘Underground’, recorrer la ciudad en bus y caminar por sus calles es más importante que visitar el London Eye o el Palacio de Buckingham.

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Llegar a la ciudad en tren, perderse como hormiga en sus enormes estaciones y enamorarse de cada edificio, balcón y ventana de sus preciosas calles fue lo más impactante de la experiencia. La facilidad del transporte, la cantidad de alternativas y el funcionamiento óptimo de todas ellas no me hizo llorar, pero sí que se me metiera un “viví cinco años en Bogotá” en el ojo.

Es raro entregarle el corazón a una ciudad luego de visitarla dos veces. Yo se lo regalé a Londres. Mi amor por Barranquilla es como el cariño de un hijo hacia su madre. Único, enorme y especial, pero lo que siento por la capital del Reino Unido es como la devoción de un hombre a su primera novia. Aquella mujer que lo hizo sentir felizmente atrapado por primera vez.

Londres me recordó a ti, a como me hiciste sentir la primera vez que te vi a los ojos. Ojalá la vida me lleve muchas veces más a perderme entre sus (tus) calles. Para mí eres maravillosa, poderosa y bella. Eres Londres.

Y te amo.

Pingüino

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Hay heridas que no cierran y amores que no sanan. Besos que no se olvidan y sonrisas que no se borran. Miradas, momentos y abrazos que son eternos. Despedidas que son solo pausas y esperanzas que nunca desvanecen.

Aunque se abran los ojos no se deja de soñar, aun cuando los kilómetros y las lágrimas se pierdan en el horizonte. Hay corazones que extrañan y marineros que se van. Sirenas que aman y relojes que nunca paran.

Sobre las piedras descansan los pingüinos mientras toman los últimos rayos de sol. Ahí, cerca del hielo, un Emperador iba a extrañar la playa. A pesar de haber añorado el frío, nunca había sentido tanta tristeza al recordar sus días de verano.

No era la primera vez que viajaba y las horas que había permanecido fuera de casa eran incontables. Ahora, una vez más en su soledad, sintió la necesidad del calor; de sentirse amado. A pesar de la manada de nuevos pingüinos que migró junto a él, el Emperador no se sentía feliz. Algo le faltaba. No era el sol ni las mañanas calurosas. Tampoco era el pescado del sur del Pacífico o su refugio de pequeños troncos y ramas. La extrañaba a ella.

Una enfermedad sin cura. Una tentación insaciable. Como todas las noches, el pingüino intentó cubrirse con sus aletas para protegerse del frío. Aunque lo intentara, no había forma de calentarse. Ni el calor de mil desiertos le habría servido, porque cuando su corazón habla, solo hay una voz que lo consuela.

Púrpura

Incluso en la oscuridad absoluta de la tristeza hay un limbo. No porque uno esté cerca de escapar de sus garras o haya caído más profundo en ese agujero de emociones, sino por la sensación de acostumbrarse al vacío, a lo/quien falta.

Es como esa pequeña piedra que equilibra la balanza. No es que florezcan las carcajadas como girasoles en primavera, es más bien como se sintió Prometeo cuando llevó la roca a lo más alto por centésima vez. Le dolía, sí. Pero era un dolor conocido. Era una sensación a la que estaba acostumbrado.

Solo el último grano de arena del reloj místico del tiempo podrá liberar a quien esté sumido en ese constante extrañar. Sin poder abrazar, sin sentir aquellos labios una vez más.

En la hora y en el día exactos, solo en ese momento, dejará de anhelar su voz y la forma en que con una sola sonrisa iluminaba su día entero. A pesar de que le aterre hacerlo, este limbo no es eterno. Aunque sea lo último que le quede de ella.

Pero aún cuando se está ahí, atrapado por una neblina púrpura que nubla la vista, el sol sigue brillando en lo más alto. Cerca de la luna, donde siempre ha estado.

Una vez soñé con robarmelo. Intenté atrapar a la estrella más brillante de nuestro sistema solar. Si tanto duele mirarla directamente, ahora imaginen el dolor de las quemaduras.

¿Quién me creí para desafiar a la ciencia?

 

Caída libre

El ángel que cayó de la nube llegó a imaginar que su permanencia en el cielo sería eterna. Con sus cabellos agitados por el fuerte viento, la criatura celestial reconoció la sensación de vacío que le recorría el cuerpo. No era la primera vez que lo despertaban de aquel sueño, pero su cuerpo aún seguía sin acostumbrarse.

En picada, el ser celestial cerró los ojos para intentar volver a soñar. La desilusión de haber vuelto a sentirse vulnerable lo atrapó una vez más. Sus lágrimas, pequeños chubascos de invierno, le inundaron las mejillas. En vano intentó volar cuando recordó que hacía tiempo sus blancas alas le habían sido arrebatadas.

El ardor en su pecho contrastaba con el frío aguacero que caía a torrentes desde sus ojos. Sus manos, frías y traslúcidas por el helaje de las alturas, volvían a estar vacías. A pesar de tanto y después de todo, el ángel caía solo con su mayor tesoro: sus recuerdos.